Cocina de la Casa Zuno
Recinto de ocho metros cuarenta centímetros de largo por cuatro setenta de ancho. En el fondo, un arco de tres puntos delimita la gigantesca campana.
Bajo ella hay un pretil con sus parrillas y hornillas, y el fregadero , hoy clausurado. Los muros de la cocina están recubiertos de mosaicos de diversos diseños. También sobresalen tres alacenas en las que actualmente encontramos una colección de bellas piezas de cerámica tonalteca.
En la esquina noreste está situado un singular horno, así como un fregador adosado al muro norte.
El piso es de mosaico rojo, colocado diagonalmente en petatillo al que se intercalan pequeños azulejos. Al centro de la amplia cocina se erige una mesa ovalada de casi tres metros de largo, recubierta con azulejos decorados. Junto a la mesa hay una escalera helicoidal que permitía bajar a la cava y al área de despensa.
Javier Huízar Zuno
"Para jugar a las comiditas"
La cocina es el lugar más cálido de una casa y, muchas veces, resulta el sitio de mayor concurrencia. A pesar de su amplitud, la cocina es casi un juguete, ésta sí, remembranza colonial y decimonónica.
En su mayor parte recubierta de mosaicos decorados en estilo tonalteca, de San Pedro Tlaquepaque y quizá de mayólica de Sayula. Colgada de las paredes, cerámica regional de todos los tamaños, alineada en círculos y semicírculos; abundancia de diminutos trastecitos ideales para jugar a las comiditas. A la izquierda de la entrada, el fregadero, seguido de un gran horno redondo de barro, de esos en los que se cocinaban gruesas hogazas de pan, sabrosa birria o pierna de venado. En las alacenas lucen piezas de petatillo de losé Bernabé, botellones canelos del Rosario, municipio de Tonalá; de allá mismo, jarros de barro bandera y barro bruñido y loza vidriada de Guadalajara. Sin embargo, en tiempos pasados convivían ahí enseres de diversas alcurnias: peltre, cobre, aluminio. Bajo la enorme campana extractora de humos y olores, el largo pretil con hornillas en un principio de leña y electricidad y al final, de gas.
A doña Carmela le encantaba cocinar, y las que resultaron más aguzadas aprendices fueron Mayuya y Mela. En el centro una mesa ovalada de ladrillo, forrada de azulejos pintados con pájaros y flores. Ahí descansaban las carnes y las frutas, y diligentes manos picaban las verduras para el cocido, o el recaudo para los guisos. Una atmósfera similar pudo haber inspirado los bodegones del pintor tapatío Carlos Villaseñor o del poblano Agustín Arrieta.
A la mesa, así como al pretil, en 1974 se le cambiaron los mosaicos originales, desgastados por el uso, por otros de fondo blanco con pajaritos azules. Llama la atención, a un lado de la mesa, una escalera de hierro con barandal en espiral que baja a un sótano de terminados rústicos: muros en jarrados y piso de cemento burdo. Para servicio de la cocina, ahí se guardaban en un gran mueble con cajones y estantes, granos, latería, azúcar en cuarterones ...
Tenía, además, un área pequeña para vinos.
La Casa de Tezontle
Monografía de la Casa Zuno